Es un hongo con nombre poco amable: Hemileia vastatrix. Se ve como un polvo anaranjado en el envés de las hojas del cafeto, y en el siglo y medio largo que lleva circulando por el mundo ha cambiado el mapa del café más que cualquier guerra o crisis de precios. También es la razón por la que hoy, en Colombia, se siembra Castillo.
Qué le hace a la planta
La roya no ataca el fruto: ataca la hoja. Las manchas anaranjadas impiden que la planta haga fotosíntesis, y el cafeto responde botando esas hojas. Una mata defoliada no tiene con qué alimentar su cosecha: produce poco, produce grano pequeño y mal formado, y si el ataque se repite año tras año, se muere.
El problema se agrava porque las esporas viajan con el viento y la lluvia, de modo que un foco en una vereda puede volverse un problema regional en una sola temporada. Y prospera con humedad y temperaturas templadas — justo las condiciones de una zona cafetera.
La vez que convirtió a una isla en país de té
El caso más citado es el de Ceilán, hoy Sri Lanka. En el siglo XIX era una potencia cafetera británica con enormes plantaciones. A partir de la década de 1860 la roya se extendió por la isla y, en pocos años, acabó con la caficultura entera. Los productores no tuvieron cómo recuperarse y terminaron reemplazando el café por otro cultivo: el té.
Esa es, literalmente, la razón por la que hoy se asocia Sri Lanka con el té y no con el café. Un hongo reescribió la economía de un país.
La llegada a América
América estuvo libre de roya durante mucho tiempo, protegida por la distancia. Dejó de estarlo en los años setenta, cuando se detectó en Brasil, y de ahí fue avanzando por el continente. A Colombia llegó en 1983.
El país, sin embargo, no estaba improvisando. Desde hacía años Cenicafé —el centro de investigación de la Federación— venía trabajando en variedades resistentes, y en 1982 había liberado la variedad Colombia, justo antes de que el hongo apareciera. Fue una de esas apuestas de investigación que se ven brillantes solo en retrospectiva.
De dónde viene la resistencia
Aquí hay un detalle que a mucha gente le sorprende. La resistencia de esas variedades viene de un cruce natural encontrado en la isla de Timor entre arábica y robusta — el llamado Híbrido de Timor. El robusta, que se considera la especie menos fina, resiste la roya mucho mejor que el arábica.
Cenicafé cruzó ese híbrido con Caturra y fue seleccionando generación tras generación para conservar la resistencia y recuperar la calidad de taza del arábica. De ahí salieron la variedad Colombia y, años después, el Castillo, liberado en 2005 y hoy el más sembrado del país. Aquí están todas las variedades colombianas.
La crisis que obligó a renovar medio país
La historia no terminó en los ochenta. Entre 2008 y 2012 Colombia vivió un episodio severo: una combinación de inviernos muy largos, nubosidad persistente y cafetales envejecidos sembrados en variedades susceptibles dejó al país con una caída fuerte y sostenida de la producción.
La respuesta fue un programa masivo de renovación de cafetales: arrancar cafetales viejos y volver a sembrar con variedades resistentes. Es la razón por la que hoy la mayoría del café colombiano es Castillo o variedad Colombia, y por la que el Caturra y el Típica —que eran dominantes— quedaron reducidos a una porción pequeña del país.
El debate: ¿y el sabor?
Esta es la discusión que divide a la caficultura colombiana. Durante años circuló la idea de que las variedades resistentes sabían menos que el Caturra, por aquello del componente de robusta en su ascendencia.
Las catas a ciegas han ido matizando bastante esa idea: bien cultivado, bien beneficiado y bien tostado, el Castillo puede puntuar igual que el Caturra. En la práctica, las diferencias entre dos lotes suelen explicarse mucho más por el manejo en finca —recolección selectiva, fermentación, secado— que por la variedad sembrada.
Dicho eso, mucha gente sigue prefiriendo el perfil del Caturra, y hay fincas que lo mantienen a propósito asumiendo el riesgo. Las dos posiciones son defendibles.
Dónde estamos hoy
La roya no se erradicó: se administra. Se siembran variedades resistentes, se renuevan los cafetales cada cierto número de años, se maneja la sombra y la densidad, y se vigila. El desafío nuevo es que el aumento de temperatura le abre camino hacia alturas donde antes no llegaba, que son justamente las alturas donde está el mejor café.
En Café Penitente
Tres Penitencias lleva las dos historias dentro: 65 % Castillo y 10 % variedad Colombia —las resistentes, fruto de cuarenta años de investigación— y 25 % Caturra, el clásico. 85 puntos SCA, que es la mejor respuesta al debate sobre si las resistentes saben o no.
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