Casi todos los países cafeteros tienen un mito fundacional. Etiopía tiene al pastor Kaldi y sus cabras bailando. Brasil tiene a un oficial que sedujo a la esposa de un gobernador para sacar semillas de la Guayana. Colombia tiene algo más raro y más bonito: un cura de pueblo que convirtió el sacramento de la confesión en política agrícola. Su nombre era Francisco Romero, su parroquia era Salazar de las Palmas, y su idea —sembrar cafetos como penitencia— es la razón por la que este café se llama como se llama.
Salazar de las Palmas antes del café
Para entender la historia hay que ver el lugar. Salazar de las Palmas está en Norte de Santander, en las estribaciones de la cordillera Oriental, a medio camino entre Cúcuta y Ocaña. Fue fundada en 1583, uno de los pueblos más antiguos de la región, en una zona de laderas empinadas, suelos fértiles y un clima que sube y baja con la montaña.
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX era un caserío de agricultores: cacao, caña, maíz, tabaco. Tierra buena, gente pobre y una parroquia que veía pasar más culpas que monedas. En esa misma época el café ya había entrado por los Llanos y por Santander, traído por misioneros y comerciantes desde Venezuela, pero nadie lo sembraba en serio: era una planta de patio, una curiosidad, algo que tardaba años en dar fruto y no tenía quién lo comprara.
Un cura y un confesionario
Cuenta la tradición que el párroco Francisco Romero entendió algo que a nadie se le había ocurrido: la penitencia no tiene que ser rezada, puede ser sembrada.
En el confesionario, a cada feligrés que llegaba con una falta, en lugar de mandarlo a rezar tres avemarías lo mandaba a sembrar tres cafetos. Faltas más graves, más árboles. Y como en un pueblo todo el mundo se confiesa, y todo el mundo peca, en pocos años las laderas de Salazar se llenaron de café sin que nadie lo planeara como negocio.
Lo que hace verosímil la historia es que tiene lógica agrícola detrás. El cafeto tarda tres o cuatro años en producir: nadie siembra por gusto algo que no va a rendir pronto. Pero una penitencia no se discute. El cura convirtió la paciencia obligatoria de la fe en la paciencia que el café necesita. Y cuando esos primeros árboles empezaron a cargar fruto, el pueblo ya tenía cafetales sin haber tomado nunca la decisión de tenerlos.
La tarifa de la absolución
No hay un documento que fije cuántos cafetos costaba cada pecado, y las versiones varían según quién la cuente. Pero el patrón se repite: unos pocos árboles por las faltas leves, decenas por las graves, y para los pecados que no se dicen en voz alta, una ladera entera. En Salazar hay quien lo resume en verso:
Tres cafetos por la mentira. Cuatro por la envidia. Y por lo que no se dice en voz alta, una ladera entera.
Lo bonito de la penitencia es que era pública sin ser humillante. Nadie sabía qué había confesado el vecino, pero todos veían cuántos árboles nuevos tenía en su parcela. El cafetal se volvió una especie de contabilidad moral del pueblo.
El arzobispo que, en vez de castigarlo, lo copió
Aquí la tradición da su giro más interesante. Cuando la noticia de lo que hacía el cura de Salazar llegó a la autoridad eclesiástica, lo esperable era una reprimenda: la penitencia tiene reglas, y sembrar árboles no está en ninguna. Pero ocurrió lo contrario. Se cuenta que el arzobispo aprobó la práctica y ordenó extenderla a las demás parroquias de la región.
Ese es el momento en que una ocurrencia se convierte en política. Con el respaldo de la Iglesia, la penitencia del café salió de Salazar y recorrió los pueblos de lo que hoy es Norte de Santander y Santander. Y esa región fue, de hecho, la primera zona cafetera de Colombia: desde allí salieron, por Cúcuta hacia el lago de Maracaibo, las primeras exportaciones de café del país en las primeras décadas del siglo XIX, mucho antes de que Antioquia, Caldas o Huila sembraran una sola mata.
Lo que consta y lo que se cuenta
Un café que se llama Penitente tiene la obligación de ser honesto con su propia historia. Así que, con claridad:
Lo que consta: Salazar de las Palmas existe desde 1583. Norte de Santander y Santander fueron la cuna del cultivo comercial de café en Colombia, con exportaciones documentadas por Cúcuta desde comienzos del siglo XIX. La tradición del padre Romero y las penitencias de cafetos está recogida por la Federación Nacional de Cafeteros y por historiadores del café como el origen más antiguo que se le atribuye al cultivo en el país, y Salazar se reconoce oficialmente como «cuna del café en Colombia».
Lo que se cuenta, pero no está documentado: de dónde venía el padre Romero, cómo llegó a Salazar, en qué año exacto empezó las penitencias y cuántos cafetos costaba cada falta. Las fuentes sitúan la historia entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, sin coincidir en la fecha. Café Penitente toma 1830 como año de referencia: la época en que, según los registros de exportación, el café de esa región ya era una realidad económica y no solo una penitencia.
No hay un acta parroquial que diga «hoy mandé sembrar cuatro cafetos». Hay algo más fuerte: un pueblo entero que lleva dos siglos contándolo, y las laderas que lo confirman.
Lo que quedó de aquella penitencia
Quedaron tres cosas.
Quedó el café: los cafetales de Norte de Santander siguen ahí, en las mismas laderas, y siguen dando un grano de altura, dulce y limpio, que hoy compite en calidad con cualquier región del país.
Quedó la idea: que un castigo puede ser una siembra. Que lo que uno paga por sus faltas puede convertirse en algo que dé fruto. Es una idea bastante más generosa que la de la mayoría de los mitos fundacionales.
Y quedó el nombre. Café Penitente se llama así porque nació de esa historia y porque, de alguna forma, seguimos pagando aquella penitencia: recogiendo grano a grano en la misma montaña donde el país aprendió a tomar café.
En Café Penitente
Nuestro café se llama Tres Penitencias por esta historia: es la mezcla de las tres variedades que hoy se siembran en Salazar de las Palmas — Castillo, Caturra y Colombia — en tueste medio, con 85 puntos SCA. Lo que la penitencia sembró, en una sola taza. En grano o molido para su método.
Conocer Tres Penitencias